martes, 11 de febrero de 2014


I

 Visión 

La ciudad se derrumba,
cruje en el aire
como un hueco que contuviera otro.
La ciudad meciéndose en el agua,
opaca y traslúcida,
crisálida abandonada.
Rebota en los confines del agua,
y el golpe la levanta
como campana imposible de izar.
Esa montaña de escombros que ves
es ahora tu casa.
Vivimos en esta colina a la deriva,
 canicas quebradas
sobre un puente de ahogados,
que nos deja,
a cada uno solo con su desconcierto.

II

Me deshago entre las aguas.
Salvo entre mis labios la canción
que la ciudad está olvidando,

y abrazadas nos volvemos niebla.
Bajo la corriente se despierta el sueño,

espejismo infatigable. Sombra de nadie.






Fotografía de Alexis Perevoschikov.

III


Antes del Silencio
                           
         Sobre un prado inagotable de promesas,
   sobre la vida,
la niña baila.
Da vueltas y vueltas, cae. 

Todo gira en la tierra 
y dentro de ella
la pregunta espera,
  pájaro ebrio su corazón
vuela creyendo ser el viento,
de seda la áspera pluma,
eterna la rama en que anida.

¿Qué es el miedo?
¿El tiempo que dura un abrazo?,
¿Él otro que somos
en los ojos del otro?
¿Los besos que no sueño?
 Olvidos de mi olvido.

Qué es el miedo pregunta la niña
y se pone a cantar
la música del tiempo.
Para Cira Andrés





IV

Tenacidad de las Sombras

En ninguna parte,

sin que nadie escuche
desde nadie gritas.
Retumban tus voces en la casa hueca,
la herrumbre de los otros te acorrala
en el fondo de tu sombra.
Ni ángeles ni gigantes con el alma rota
podrán acompañarte. Todavía.
Es fuerte aún el ejército de Zannis
que te arrastra silbando cercanías
y has jurado, irresponsable,
una eternidad de heroicidades.

¡Ay! Sargento guía...
Brújula extraviada de mi alma.
Soldadito de hojalata combatiendo en mi cerebro:
Izquierda… izquierda… izquierda, derecha, izquierda.

Funde tu alma con la mía,
 hazte niebla en la bruma de mi espalda.
Anula el recorrido mientras andas,
anuda fuerte el cordón de tu zapato
y no tropieces, no te caigas.
El pie firme anclado en la rutina de las horas.
Izquierda... izquierda... izquierda, derecha, izquierda.

Vamos mi sargento, lanza tu patada arriba
y haz añicos los reflejos,
son solo sombras que simulan ser espejos.






Obra de Francesca Woodman

V



Conjuro del Arcano 

Sobre el papel ajado la miro,
siento su perfume,
indescifrable como el verde de sus ojos.
Frente al espejo, sola, ajusta la cintura,
aquel gesto me destierra cada tarde de su abrazo
hacia un misterio que ahora es mío.
Si esa muchacha que mira feliz desde el retrato
me tendiera su mano,
le avisaría para que no derroche la miel de su voz,
para que no se enamore de mi padre,
para que no se pierda y nos pierda entre los sueños
que estallarán luego en burbujas de silencios.
Si pudiera retenerte, poner a salvo el asombro
y la esperanza de tus ojos...
Pero el misterio ha vencido y yo perdono.
Como espero alguna vez
mirándome,
perdida entre las grietas de un retrato,
que alguien dude y me perdone.




Fotografía María Elena Diardes

VI

Crónica del viaje interminable

Aguardo.
La piedra fue lanzada al pozo,
aún no escucho el golpe seco,
 húmedo grito sobre la tierra y el agua.
El golpe cayendo hacia la oscuridad,
sin doler ni dolerse contra nada.

En el silencio de la tarde
 solo el rumor del tiempo
quiebra el aire,
 aguja clavada en el compás 
que más amamos.
Empecinado derviche ciego,
que morirá girando mientras jura
que es el mundo el que se muere.

No es posible detenerse en mitad del aire,
hasta  golpear o golpearse la piedra caerá sin ruido.
¿Qué le espera, cuando el tiempo del viaje se le agote?



Obra de Chistian Schloe


VII
Lamento del Domador

Recuerdo este paisaje aunque no quiera,
sé que no se han ido, no sé cuándo han llegado.
Avanzan siempre, eternas,
en un viaje paralelo al mío.
Ocúltanse a veces, como ciertos ríos,
sueño que lo olvido pero vuelven,
siempre dóciles.
calladas vuelven.

Intento asirme al aire,
invoco las distancias y es inútil
Nada puede vencer su persistencia.
Y aquí siguen,
balando el canto de ballenas que me aturde.

Intuyo de nuevo las palabras.
Dóciles palabras…
Domesticando el tiempo que me envuelve.




Obra de Ana Mendieta

VIII

Orillas invisibles

“Solitaria banderola de aire
traspasada y libre
tu mirada ciega
Shakîr Wa'el.

Sin aire a su alrededor
el canto escapa por las hendijas del muro.
Florecen los jacintos bajo la nieve.

Apenas el tiempo para encontrar sus ojos,
también hermosos,
ahogándose al borde de la línea negra.
Visión furtiva su dubetta al aire,
el vestido vuela.
Por un instante la libera el viento.
El cabello vivo se resiste
a la prisión de seda.
Se encienden, asustadas,
las luces de todas las mezquitas,
la voz alada llama al rezo:
Una oración por la belleza triste.
¡Ah, tirana belleza!
De mil y una noches en sepulcros dorados.
Perfumes de sándalo y canela
silenciando el canto de las mariposas.

En el fugaz encuentro nos reconocemos,
escucho el rumor de los ríos,
alcanzo las cimas nevadas del Karakorum.
El olor sencillo, eterno, del pan en sus manos.
Temeraria rebeldía de su canto
cuando se marchan los hombres de la casa.
Ella es reina del silencio
y como reina ordena destrozarlo,
 el canto escapa por las hendijas del muro.

En su canción descubro mis prisiones,
las dos con otra pena.
La mano asida a un hilo infinito
que se pierde en orillas invisibles


Para Carlos Pintado




Fotografía de Francesca Woodman

IX




 Desconocida que lloraba
A Lèona Delcourt. Nadja.

Nadie sale a tu encuentro esta noche,
en las esquinas juegas sola.
Nadie busca esta noche
una trenza de hojas para salir al fondo.
Hoy no sucederá.
Aunque dejes como siempre bajo la estatua la señal,
un guante con tu nombre lanzado a las sombras.

Ilumina tu soledad la insolencia de la luna,
asiste a tú delirio y pide más,
te engaña y pone ciega ante el abismo,
aplaude fuerte y saltas.
Quieres estar en tu caída y abres los ojos,
fría, la voz trepa a los balcones.
¿Por qué a mí?
Lloras de nuevo la pregunta.
Te caen sobre los hombros las palomas muertas.
Secas tu boca con el guante sin nombre
y lo sacudes desafiante ante la luna.
¿Por qué a mí?
Te alejas rompiendo los cristales,
estremeces las puertas de metal de los comercios,
tu voz se pierde en el desamparo de la calle
y prende un fuego en cada una de tus huellas.
Caigo del balcón que derribaste, tiemblo.
¿Por qué no encuentro las señales que has dejado?

Cuando estás muy lejos salen todos.
En silencio, despacio,
   cada cual arregla su destrozo.     




 Fotografía de Sally Mann


X

Canción Muda

“... el corazón tiembla ante el amor,
                                                                                como si tuviera ante sí la 
amargura de la muerte..
                                                           Anónimo Sufí

No sé escribir poemas de amor,
puedo cantarlo sobre tu piel.
No puedo explicar la muerte
aunque el tiempo la anuncie
sobre mis manos.
No alcanzo a entender la finitud
de las estrellas y me pierdo en ellas,
eternos pasillos a tus ojos.
Me deslumbra el milagro de los árboles,
 misterio, almas de la tierra, promesa de tus brazos.

No sé escribir poemas de amor.
 Puedo llorar sobre un pájaro muerto,
 o quedar muda ante el rastro brillante del caracol.
No puedo escribir poemas de amor
aunque me deshaga en tus manos,
y muera en el silencio de los besos
como viven las palabras en los versos.
No puedo escribir poemas de amor,
no puedo contarme.






Obra de Jake Baddeley 

XI

Razón de los Sueños
                                     
Grotesca algarada,
 dentelladas ciegas, vano furor.
No toquen mi alma
 estepas quemadas
sobre el delirio de mis ojos.

Fuentes de agua fresca
nacen en mi corazón,
más alto que la niebla
suena el salto de las aguas.
Música eterna,
danza obstinada de mi espíritu.

Levanten hogueras,
sieguen el aire, pudran la luz.

Entre rápidos muriendo
soy la corriente del río,
yo sigo viaje cantando
sobre los juncos del aire.






Fotografía M. Elena Diardes

XII

Solos

El pensamiento puede ser muy frágil
y a eso añadimos una velocidad que lo destruye
                                               José Lezama Lima


Durante la noche se quebró el vidrio de la casa,
amanecimos con los ojos llenos de cristales,
restos donde reconozco el adorno de los vasos,
los pedazos de la taza intransferible,
las astillas de la luna del espejo.
El cristal que reprimía las fotos en la mesa 
voló en pedazos;
los rasgos queridos son ahora irreconocibles.
Un polvo disoluble satura el aire y aborrega en los ojos la primera luz.
Me acostumbro a esta forma de mirar como un voyeur, por las hendijas,
la imagen refractada, muchas veces infinita.
Tengo la visión atormentada y grotesca de un bizco. 
No puedo elegir.
No puedo distinguir entre el origen de la imagen y su fin en el reflejo.
Sea mi albino la memoria de mis ojos
que me conduzca en este sueño oscuro,
un sueño inescrutable como esas cabezas caídas en el agua,
impelidas por la suave corriente hacia un rápido abismal.

Recuerdo, anoche estuvimos ebrios,
quisimos saltar por el balcón
con una sombrilla abierta,
nadie lo impidió en el último momento.

Todo lo que ame esta mañana
puede ser una estafa, o el ideal.




Fotografía de Dieter Appelt



XIII

Juegos del Agua

Barquitos de papel en la corriente del río.
Yo quiero jugar, yo no quiero jugar.
En una caja la luna,
osario del tiempo las fotos vacías.
De quién esos rostros borrados,
dónde las voces que agitan mi nombre.
Gesto fugaz,
que roza mi mano en el paseo.

Nada sabemos de los otros.
De nosotros, qué sabemos.
Entonces juguemos
a que era de noche
y estábamos dormidos.








Obra de Jake Baddeley  


XIV

La Hora de los Pájaros
 A la memoria de Ángel Escobar Varela

“... Y todas las coartadas de los muros
dan a una calle ciega...
A. Escobar

Este instante es todo lo que tienes.
Anhela ahora el horizonte,
sobre esta piedra
tu huella será eterna.
En la cima que eriges
descender es el destino
de tus ojos.
 
Canta el aire sobre tu piel,

nanas de olvido
la pequeñez del mundo
bajo tus pies.

Ahora que has puesto
la última piedra,
no te duelan las manos
ni te asuste la sangre
goteando tiempo sobre la cima.
Mira el último atardecer.


Puedes sentirte pájaro
entre las nubes
solo este instante.
Solo este instante
es tuyo el horizonte,
desde la última piedra
sobre las voces de tu sangre.
Ignora la orden de bajar.
¡Vuela!





Obra de Jake Baddeley 

XV

Epitafio del Escogido.

Contempló el vuelo del pájaro.
Aleteó en su corazón
la contraseña del muro,
señal en contra del pájaro,
sombra del mar bajo el ala,
el pájaro contra el muro.
Quiero volar
y ser fragmento leve,
 espuma en el aire.
Me llamas y voy
Abrid puertas del sueño.



Obra de Jake Baddeley 



XVI

Canción sobre el Abismo


Mi abuela se llamaba Isabel Ana,

mi amiga en la infancia se llamaba Ana.
Mi abuela tejía trenzas con mi pelo,
mi amiga tenía la nuca blanca.


Trío de acróbatas que se persigue,

juega y escapa,
sobre una cuerda tensa a mucha altura,
si en el juego alguna cae,
el destello del agua la devuelve.

Sobre la cuerda aparece una extraña,

no conozco sus párpados ni el brillo de sus ojos,
no es mi abuela, no es la amiga de mi infancia.
La cuerda cimbra pero no hay peligro,
estamos entrenados 
para hallar el eje en el desequilibrio.
Mientras que el ángel no se espante
seguiremos imprimiendo nuestras huellas en el aire.
De repente cae la extraña y de ella nada vuelve.

Mi abuela se llamaba Isabel Ana,
mi amiga en la infancia se llamaba Ana.
Mi abuela tejía trenzas con mi pelo,
mi amiga tenía la nuca blanca.


Para Anita Jimenez



Fotografía M.Elena Diardes

XVII

 Paraje de Aguas
A Fina G. Marruz. 

“Allí el silencio, allí el sonido eterno de las aguas”
Fina G. Marruz

En el banco de los otros me hacen sitio junto a ti.
Soy inmortal y necia, tú, raíz invisible,
amapola blanca.
No me ves, a tu lado
descifro el tiempo sobre tus manos,
amaitino el susurro de los versos
que nacen tras tus ojos.

Quiero salvarnos, salvarte de los otros,
niña que protege los cuadernos
con las flores de su falda;
no cruces hacia ellos porque tendré que seguirte
y no quiero jugar entre las sombras.
Contemplemos desde aquí
a los que callan
 su comprensible forma de olvidar la muerte.
                                 
Tu mano se abre, y  yo en ella
invoco la pericia de los ciegos
que saben, con el roce de sus dedos,
descifrar los signos invisibles.

Cantemos juntas letanías de sosiego
a la belleza eterna de este sueño.
La sonrisa perdona el necio empeño,
tu mano ya me indica el camino hacia los otros.
Será inevitable atravesar los oscuros pasillos,
 Alcanzar la casa de las aguas.
Ser el tiempo.




Obra de Ana Mendieta

XVIII

“Gracias, Tristeza y Adiós”
                                    (Para ellos, que nunca leerán este poema)


- ¡Me bary parichan!
- ¿Qué quieres decirme?
- Estoy muy triste...

Furtiva, en la ventana asomada,
 se abren sobre ti flores de hierro,
la gracia de dios dibuja el triste gesto,
árido jardín en que floreces.
Adiós dicen tus ojos
 y
 estremeces mi corazón.


Nacida a la sombra de los templos
 comprendes las canciones.
Yo solo entiendo la alegría de tus ojos
cuando escuchas la música que
desde mi patio te regala el aire.
 Soy intocable, la  infiel que puede
liberar al viento la voz de Nusrat,
y regalarte las canciones prohibidas.
 Sabes bien que la belleza nos perdona
y que es esta la última mañana.

Me bary parichan, bary parichan...

También estoy muy triste,
miro la pizarra mecerse con el viento,
casi se han borrado los dibujos
y la canción que me enseñaron
 tus hijos en la última clase.
Las voces de los niños ya no están.
El patio recupera el silencio de las tardes.
Sobre el muro, las dubettas tendidas al sol
no aplastan mis flores.
No seré más el jardín de los juguetes perdidos,
 nadie llena de colores mi nombre.

¡Bary parichan!

Esta mañana, en la taza de café 
no aterrizan los aviones de papel,
 mensajes invisibles, invitaciones al juego.
No hay platos con arroz naranja y dulce
viajando sobre el muro,
perfumando el aire con la ofrenda
que agradece el efímero encuentro con la extraña.
La hierbabuena no es pretexto
ni perfume que regresa.

¡Me bary parichan!

Llena de gracia, bendita seas,
desterrada de la música y el baile,
del sol y el conocimiento,
confinada en la inocencia,
condenada y culpable.
He aprendido a decir Gracias, Tristeza y Adiós,
en la dulce lengua de los persas.
 Temo haberte enseñado palabras imposibles.
Mi nostalgia siempre será el mar,
la vida tu nostalgia.





Fotografía de Lewis Carol

XIX

Paradojas del Sueño
(En la luz de los farolillos chinos)

Nuestros sueños escapan
siempre hacia otros sueños.
Lo soñado nos sueña en otra luz,
nos baña en otros ríos;
labios irreconocibles
besan el sueño
que juramos cierto.

Un abrigo, dos gardenias
y un sombrero...
Nunca iré a San Petersburgo
aunque allí vivan mis sueños.

Sueñan el sueño que vivimos,
los otros,
flotan en la luna de los espejos rotos,
mientras la muerte nos despierta
allí donde soñamos.
A Carlos Díaz



Obra de Chistian Schloe

XX


El Tonto Sobre la Cuerda
A la memoria de Raúl H. Novás
“Acepta solo el hosco temblor mío.¡Y mi piel sin caricia ha de abrigarte!”
Raúl H. Novás.

Tiembla la cuerda,
salta al vacío el equilibrista.

¡Ah!, mi amigo de los pasos torpes
Sentado en la última butaca,
las flores muriendo en tu regazo,
 solo,
en extramuros de tu propia sed.
Quién pudiera en el vuelo de mi falda
anclarte sobre la cuerda.

La cuerda vacía es el espanto.
 Ni Billy, ni Giulietta, ni Lennon ni Bach,
nadie cerca que pueda sujetarte.
Ni Shakespeare, ni Vallejo, ni Casal,
ninguna persistencia, ni madre amorosa
que logre disuadir el gesto,
tachar la partitura, ahogar el gran silencio
que sigue al último compás.

Amigo de mis tardes tristes,
 buscabas en mí que me buscaba en todo.
Cerca, perdidos, solos. En la sala oscura 
tus lágrimas por Gelsomina,
las mías por Zampanó.

Nuestro reino era el silencio,
luces muriendo, la tarde.
Amor que nos perdía huyendo.
Dónde vas amigo mío, 
¿Ma dove vai? Está lloviendo,
y la triste función no ha terminado.

En las espléndidas ciudades que habitas
enséñame a andar sobre las cuerdas del aire.
Cegada de luz inalcanzable
no pude hallarla en el miedo
de tus ojos.
La cuerda vacía es hilo de oro
que en gozo y dolor ata tu nombre.
No llegan cartas desde el aire.
Bajo la cuerda lloro.




Obra de Gustavo Pérez Monzón

XXI

Hundir la cabeza en el ojo del agua,
tejer el aire con hilos de luz,
 hilos de tiempo que entonces era eterno.
Volábamos cometas doradas
sobre la espuma blanca,
 la muerte de los peces brillaba en la orilla,
bajo mis pies, el asombro.
Una noche bailamos
sobre estrellas en la arena, 
las traía el mar o lo soñamos,
fuimos otros en la orilla.
 Raga de tiempo cantaba el aire...

Atrapada en los hilos que me salvan
sigo en el laberinto, 
tenáz sobre mis hombros  
 la capa de piedras,
El loco, La muerte y Las estrellas.
 Lo que soy, fui en la ventana
que atrapaba el mar. 

En la línea difusa de mis manos,
  los restos tristes de la cometa dorada.

Para un Mago



 Obra de Jake Baddeley 

XXII


Incertidumbre de la Luna

Paciente nos espera
el sueño que olvidamos,
pocas veces buscaremos
aquel olor del aire
que nos despertaba.
Lagartos al sol,
nos abraza el fuego
de las enanas certezas.
Ciegos, deslumbrados
con la luz de las estrellas
que simulan ser eternas,
en la dicha de ser brizna
olvidamos, que una vez,
fuimos el valle.

Cuando apague nuestra estrella
y su luz no sea más
 que un rumor del universo,
nuestros pasos desharán el sueño
descalzos bajo la arena.
Todo es incierto.











Obra de Estefano Bonazzi



XXIII

Tañer de la Campana Rota.


Dicen que soñaba

de las ballenas descifrar el canto,
encontrar peces luminosos,
 alcanzar mares lejanos.
Tocaría el violín, salvaría glaciares,
y un día, en primavera, sería amada.
Tenía quince años, se ataba los cabellos
a una cuerda que tiraba de su cuello,
si extenuada, desmayaba sobre el libro 
y traicionaba el sueño.

Guardianes implacables:

 Deber, orgullo, patria, honor de sus mayores
 dictaban sus cabellos. 
Dicen que soñaba.

Soledades en el aire me estremecen.

Esta mañana, agotada estalló la cuerda.
Desde el balcón de la escuela
 lanzaste tu fracaso hacia la nada.
No habrá lejana tarde en tu memoria.
Campana hermosa, música quebrada,
antes de vibrar has silenciado
en tus ojos el color del cielo.
Lirio seco tu corazón vuela,
pétalo ajado, a merced del viento
los besos de cereza que no has dado.


Puedo ver aquel suspiro en que saltabas,

tras el balcón te instaban a comerte el mundo.
Cincelaban para ti un busto de triunfo
solo si lograbas que otro fuera el que saltara.

 Pude encontrarte, 

tomar tu mano en pleno vuelo,
también me propusieron la cruzada,
  afilaron mis dientes
y me enseñaron a dar buenas patadas.
Condenados a cumplir patrias eternas,
travesía ciega, el mismo abismo
siempre, tras la tirana cuerda.
Puedo disparar si quiero a la cabeza de los otros,
 aprendí esquivando sus disparos contra la mía.
Puedo dispararles, pero no quiero.
Desaté mis cabellos. En la línea hechizada
se quebró la cuerda que me ataba al miedo.




 Obra de Jake Baddeley 


XXIV


Destierro de la Noche.


Fatigado, el ser contempla
la disputa de sus alas.
Una desnuda, callada,
es dichosa si en su vuelo
se confunde con el viento.
La otra ríe, gime, grita,
va cantando por el aire.
Hoy es pez, mañana árbol,
piedra eterna o leve brizna.


Ala discreta soporta
los revuelos de su hermana,
es paciente, no reclama,
aunque a veces
cuando se acaba la noche,
cuando la luna se marcha
y en el cielo solo queda
sutil sol de espuma blanca,
ala discreta desea,
tan solo por un instante:

"Quién fuera mi hermana
y gritarle a la luna que espere.
Pedirle cantando me lleve,
con ella, a la extraña noche"






Fotografía M. Elena Diardes


XXV

 Horizonte de Sucesos

Laberinto, bosque, pozo oscuro.
 Veneno de agua desdibuja el sueño,
 Nubes que deshace el aire.  
Hallo en el camino náufragos perdidos,
voy con ellos hacia el fondo.
¡Qué frágiles ahora!
 Arrastran los restos del navío,
lamentos de sal batiendo el aire.

Hilera de tristes peregrinos extraviados,
hebras mustias de la crisálida de seda.
¡Quién pudiera avisarles!
  No hay consuelo en el camino que transitan.
Laberinto, bosque, pozo oscuro.
Alfombra de peces muertos
 se pudre en las orillas.

¡Quién pudiera advertirles!
Es preciso liberar del peso a las espaldas,
abandonar los restos sobre el agua,
dejarlos continuar su viaje triste.
Lo que muere amado, vuelve.
Una noche o una tarde cualquiera
los restos fracasados vuelven,
envejecidos pierden su rudeza,
y como lluvia en el cristal
los vemos pasar, sin que nos duelan.








XXVI



Estela de Cisnes en el Aire
 El instante escapaba en la corriente,
  quise arrebatarlo al vértigo del agua.
 A mi lado, sentenció el amigo:
"La nostalgia es lujo
al que no debemos entregarnos"
Que la pena muera sabia en el camino.
Fue un consuelo.

Pasó el tiempo.
Aquel que parecía eterno ya se escapa,
y al pasar va dibujando
 en las manos y en el alma otro paisaje.
Los enigmas del mundo se antojan simplezas
y en el sitio del asombro, alguna vez,
asoma el tedio.
Quiero burlar oscuridades,
las emboscadas del sueño.
Dejar abiertas las puertas de mi casa,
volver al tiempo en que el otro
era un espejo limpio en que mirarse.
Acoger en mí al extraño rostro,
siempre ajeno y semejante.

No siempre fuimos ciegos.
Señales encontramos una vez,
y en la prisa por hallar
un nuevo instante vivo,
las perdimos.

Lujo es amigo mío
 la nostalgia que vivimos.
Memoria y dolor de lo perdido,
perfume esencial de lo que somos,
hebra de tiempo que hemos sido.







Fotografía M. Elena Diardes


XXVII






Trampas de Luz

¿Qué importan cumbre y valle para un Pájaro?”
RABI'AH BENT KA'B (s.X)

Renuncio a tu belleza, 
 inasible ciudad en que transcurro,
yo soy la forastera, soy la extraña,
aunque beba el agua de tus fuentes claras 
el paso de los otros borrará mis huellas.
No me tientes con canciones tristes.
No abras para mi la puerta ni el misterio
de plegarias ardientes y lágrimas proscritas, 
tiré la llave de todos los palacios,
ninguna cerradura ya me espera.
Soy el olvido y la renuncia,
brizna en el pico de un pájaro 
que vuela sobre toda permanencia. 
Déjame andarte, libre de ti, de tu deseo,
seré prudente como nunca he sido,
no me llevare conmigo tu nostalgia 
cuando te abandone o me expulses,
ni entraré desarmada en el mar de tus ríos,
ciudad de otros que han escrito 
sobre tus piedras su nombre.

Ahora, te contemplo conmovida,
reposo en tu luz mis ojos 
del mundo lastimados.
Acepto el juego de tus cielos,
la eternidad de este instante.
Muero en ti, me pierdo en tu espesura.
No despiertes, eres solo un espejismo
entre las muchas ciudades que me aguardan.

Toledo/2015



Obra  Robert & Shana ParkeHarrison


XXVIII


Fábula del Sueño



Érase una vez, un león que no asustaba.

Sobre la espléndida cabeza,

corona de moscas y pájaros pastaban.

Todos despreciaban del león

su majestad vencida.

El viejo cuidador, con pena relataba,
que hubo un día en que su grito estremecía
 y el resplandor amarillo de las hembras
despertaba, en el alma del león, la fiera.

Manso, tanto como ingrato.
Protestaba el cuidador dolido
por la mansedumbre distante
de aquel, que jamás abría los ojos,
ni ante el trozo de carne que lamía.

Apenado, casi con vergüenza,
el hombre contemplaba la desidia del León,
  y en su viejo corazón
algo se apropiaba del fracaso de la bestia.

 “Si al menos una vez, me devolviera
aquel espanto del rugido, 
y colocara con pavor mi nombre
en el orden natural del miedo.
Cómo puede el fracaso ser hermoso”

Perdida la esperanza, a veces se atrevía,
    y entre los barrotes con pena acariciaba
la melena de la bestia que no era.
Pobre león que a todos aburría.

¡Ay!, si el hombre hubiera entrado
 tras el párpado cerrado.
Lejano en la memoria el indolente hermoso,
temible y orgulloso,
atravesaba para siempre las sabanas,
  centinela del aire, a los ríos despertaba
 atrapando antílopes al vuelo.
Y a la sombra sofocante del baobab,
jadeantes de deseo y miedo,
 corte de hembras y jóvenes rivales
a la melena de fuego se inclinaban.

Escapar de la mentira tras la reja,
ser humo invisible de la nada
el león soñaba.  




 Obra de Jake Baddeley 

XXIX

Revelación del Viento.

Mi perro y yo amamos la vejez de los olivos.
Sabio él, presiente y corre
entre los árboles, traza el infinito.
Dichosa yo, contemplo las señales.
 Despiertan las raíces del olivo,
 abrazo el árbol, soy el infinito.
Áspero pliegue de corteza,
rumor de mi sangre que transita
 el árbol y se vuelve fruto.

  Estallan perfumes, esencia de
 resina quema entre mis manos,
 levanto la cabeza, siento el aire,
la sangre es tierra que late en el abrazo.
 Atrapo luces y sereno el tiempo,
 aprendo soledades, soy mi compañía.

Secretos rumores trae el viento,
 se desvela en mis brazos el misterio.
No es un vuelo imposible el que yo anhelo
ni es contrario a mi vuelo el viento opuesto.
 Ya no estoy en el abrazo, soy el aire.
Las máscaras caen y se disipan.
 Vacíos, miedos, mezquindades nada pueden.
Soy el árbol.
Entre las raíces, mi perro corriendo
traza el infinito.

  Leve sobresalto me detiene.
 Silencio.
 Crujen Ceibas, Ginkos ancestrales,
higueras y magnolios,
jardines de cerezos cantan.
"Esa música está en mí".
Latido soy de sabia indescifrable.






Fotografía M. Elena Diardes